III

Luna discreta tu luz ya no es tan fría.

La hierba huele a fresas,

las rocas a rosales.

La noche por ser noche no aparenta peligros,

el viento con derroches despeina como un niño.

Es todo un mar abierto mi humilde habitación

la lámpara en el techo se trae una ilusión.

La miro desde abajo,

justo desde mi cama,

con breves centelleos a un lado me señala.

Volteo con cuidado

para evitar el instante se quiebre.

Chispas saltan del pecho al ver aquí en mi lecho tu forma de milagro.

No espero,

te acaricio y reacciono a tu calor.

Lágrimas de capricho me brotan con sudor.

Afronto el gran momento,

te busco con las yemas.

Me acerco sin premura,

oculto el desespero.

Proyecto cada huella en tramos de tu cuerpo.

Entonces me recorres con gestos de aventura,

accedes a trayectos que otros jamás alcanzan.

Me besas y ya siento aquel mismo placer

que casi exilio a las cosas del ayer.

Viene de repente la predicha erección,

fuego viejo emerge desde mi interior.

Abrazo que nos fundes no quiero más dos piezas,

no resisto si vuelven azotes de tu ausencia.

Siguen llegando lágrimas,

más cambian de sabor cuando el calor se aleja,

se aleja la erección.

Tiro con esmero del instante de tu beso.

La lámpara se apaga,

vuelve a ordinario objeto.

Luna rígida y fría,

el viento desconsuela.

La hierba huele a hierba,

las rocas solo piedras.

La noche es un misterio de engaños que retraen.

Mis huesos padecidos en polvo se contraen.

Amar saca de quicio. Poesía

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