Semillas en el tomate

(Primera Parte)

1

¡Cuidado con la sangre!- dejando caer la mirada vio que rozaba el charco con la puntera del zapato. Se distrajo con las salpicaduras en la pared, su distribución grotesca. Hubo ensañamiento en el acto, forcejeo, los cojines revueltos, un florero en fragmentos, saliva, pelos y dos cadáveres. Parecía otra bronca de matrimonio trillado. La mujer de unos cincuenta y tantos y el señor poco mayor. Domingo no dudaba que él la mató y se guindó torpemente de una estaca oxidada en la pared.

-Eladio Fernández Romerillo, nació el cinco de enero del cincuenta y seis- dijo Roberto hurgando en la cartera que sacó de un vaquero viejo. –Pan comido-agregó levantando los hombros.

Habían llegado dos horas y un poco después de que la policía acordonara la zona y realizara un informe preliminar de la escena. Algunos practicantes tomaron declaración de los  vecinos quienes señalaron que eran frecuentes las querellas en el domicilio, aunque la última semana no era el caso. Fue el hijo del matromonio quién dio la voz de alarma al no lograr comunicar con ellos. La escena era un piso en bajos, sin ascensor o portero automático siquiera. Poco faltaría para media noche cuando el guardia y el forense comenzaron su operativo valiéndose de luz artificial y el desánimo inherente a que te soliciten un perimétro cuando te has puesto las pantuflas. Domingo caminaba hasta Eladio, o a lo que colgaba de él. Reparaba en la ridícula posición del cuerpo, como gota gigante congelada en la pared, una gota enorme que vestía un pijama de franela, cuya camiseta fracasaba en cubrir una barriga velluda y perfectamente redonda. La cara lila con la lengua inflada emergía entre los labios secos, un trazo de saliva seca bajaba hasta la base del cuello. Haría cerca de 8 horas del deceso, faltaba precisar cuánto antes se deshizo de su esposa.

-No encuentro el arma homicida Domingo – la voz del médico se agravaba en el nauseoso salón. El guardia civil anduvo con cuidado de tropezar con los fluidos en el suelo hasta llegar junto al otro cadáver. Ella era Nora LLorente, lo hubo de mencionar también Roberto. Quedó con expresión de espanto, los ojos escarranchados y la boca un tanto en una piel marchita y nacarada con unas ojeras muy marcadas, todo envuelto en un cabello dorado y escaso.  Llevaba un albornoz liviano, posiblemente seda, estropeado, de un coral mancillado por los coágulos negruzcos. Tendida en el suelo, boca arriba, todo indicaba que Eladio la apuñaló de frente empuñando el arma repetidamente contra el vientre. Las piernas cortas, gruesas y descubiertas, se cruzaron en el intento de girar antes de caer. La desgraciada escena ya no inquietaba a Domingo, mucho menos a Roberto, cual sacaba provecho de cada minuto que permanecían allí enfocándose en detalles que ha razón de su acompañante resultaban irrelevantes.

-y era pan comido- Domingo repudiaba el ego de Roberto.

-Si, pero no será por eso que abandone mi rutina.- respondió para sí mismo el forense agachado frente al inodoro donde encontró el cuchillo que buscaba.

Junto a un televisor que todavía llevaba precintos y etiquetas, habían dos tubos de Voltarén a medio consumir, así también un blister de metilprednisolona próximo a un post-it con un escrito a lápiz: “No habría peor infierno que la vida misma”. Domingo lo recorrió en un primer momento, luego retrocedió para leerlo otra vez. Era una cita que conoció antes, no recordaba donde, pero sí la sensación a infortunio que le produjo comprenderla. Le tomó una foto.

No hubieron de cruzar coche alguno en el regreso, iban en el furgón de la estación, el médico conducía por una circunvalación para evitar los radales de tráfico. De una farola en otra saltaban en el vidrio parabrisas asteriscos fulgentes que eclosionaban en las pupilas como antorchas. En el pensamiento de Domingo se erigió una imagen inquietante: Fela, su esposa, suplantaba a Nora revuelta en su propia sangre en aquel suelo de mosaicos. Era una acuarela horripilante, la mirada más desorbitada, la piel más magullada, envasada en su única bata de baño, de estampado vulgar como suelen gustarle, y sus tetas flácidas opuestas entre ellas adaptándose al arco de las costillas. Un cerdo ahogado por sus arterias rotas, un mar de sangre, escupiendo el rojo hasta en los cubiertos del cajón de la cocina. ¡Su propia cocina! Sobresaltado salió de aquella realidad paralela, supo que Roberto le clavaba la mirada, el coche orillado.

-¿Te encuentras bien?- le preguntó sin pestañar siquiera.

Pues claro hombre- resopló el guardia abatiendo los brazos-estas no son horas de andar despierto.- El médico puso el coche en marcha.

2

Granja Gloria tenía todo cual constituiría a un municipio sin llegar a serlo, era poco más que un pueblo con un casco antiguo, algunos condominios de nueva fabricación y una periferia de fincas y parcelas de cultivo. Lo atravesaba la intermunicipal y a sus márgenes se aferraban los pequeños comercios. En el ayuntamiento, junto al gobierno local radicaban la mayoría de las oficinas para los sectores públicos. La comisaría contaba con una fusión del órgano de justicia, la policia local y el cuartel de la Guardia Civil, estás últimas por sus pocos funcionarios actuaban conjuntamente. Las muertes violentas iban en ascenso, ya en navidad Domingo sabía, fue certeza cuando el ministerio publicó los resultados del año. Granja Gloria era el asentamiento con más crímenes machistas fatales en toda la comunidad autónoma en los últimos veinticuatro meses, con un registro de sesenta y dos porciento conteniendo apenas el trece de la población comunitaria. Este nuevo caso a incios de año fijaba los pronósticos.

Roberto, por propio esfuerzo, consiguió que prepararan su laboratorio tanatológico en la misma comisaria. No fue tarea fácil, pero el gobierno estaba dispuesto a invertir para evitar el traslado de los cuerpos al instituto forense capitalino, más certera la decisión considerando el alsa reciente de crímenes. Tenía la mitad del sótano para sus funciones, desde las neveras, quirofanillo y despacho hasta analíticos toxicológicos e incinerador para material de riesgo. En este último arrojó las visceras de Nora luego de escrutarlas al máximo como si causa de muerte natural buscara. Se retiró los guantes manchados para lavarse las manos y la cara antes de encerrarse en su despacho a concluir el informe del caso.

Una hora más tarde Roberto estaba en el sitio de Domingo, pretendía dejar el informe cuando incorporó un cuadro que estaba de bruces sobre el escritorio, era una foto de cuando tenía pelos y parecía feliz, acompañado de una morena de sonrisa amplia que llevaba un sari.

-Hace tanto de eso que ya es tiempo de cambiar la foto- Domingo se acercó por detrás,a la vez liberaba con un palillo de madera los restos del filete que quedaron cautivos en sus dientes. Roberto se dio la vuelta.

-Si te hace sentir viejo pues sí, mejor la cambias- Alegó el fonrense comprendiendo que los molares superiores del guardia civil eran tan adquiridos como sus cristalino derecho. – te dejo el informe, hay algunas cosillas interesantes. Roberto se marchó del cubículo y Domingo se sentaba regresando el cuadro contra el escritorio y arrastrando el informe frente a sí insistiendo en abatir el palillo en las ranuras con su otra mano.
El texto estaba impoluto como siempre, con los detalles muy respetados. Mucho énfasis puso el tanatólogo en describir la postura de los cuerpos en la escena, los signos ciertos de la muerte bien delimitados y descritos. Incluía redundancias del entorno próximo a los cadáveres. Mencionaba fracturas antiguas de Nora, sobre todos costales y de muñeca derecha, mal consolidadas, cuales no contaban en sus registros médicos según las resquicias que hizo Domingo en la mañana. Ella murió por un tajazo en la arteria renal derecha, debiendo tomar unos minutos, las torpes puñaladas ni siendo siete rozaron la aorta abdominal o las ilíacas. -Don Eladio debió saber tanta anatomía como yo sé cibernética- se dijo y siguió leyendo. El suicida murió por un mecanismo inhibitorio, según la autopsia, al prensar el vago con la cuerda. También tenía una excoriación paralela al pliegue nasolabial derecho y otras en el cuello y antebrazos, producidas aparentemente por la víctima. El guardia terminó la lectura yendo a urgar en una carpeta orillada en su escritorio, un sobre azul del Servicio Autonómico de Salud y entonces repasó una cuartilla que extrajo de allí.

continúa….

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Narración

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