Lo que la vida necesita

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-Tienes que medir las consecuencias de tus actos, es lo mínimo que la vida nos exige- retumbaba la voz de su hermana en sus recuerdos. -¿Cómo es posible que ella, la gorda eterna, tenga un trabajo estable y productivo, una familia funcional y además resida en un chalet del centro; mientras yo, quién llevara machos en racimos, viva sola en un departamento en la afueras, desempleada y soltera a mis treintaicuatro? -se interrogaba Loraine mientras abría el portón del edificio y se disponía a subir hasta el cuarto, donde quedaba su piso. Un habitáculo pequeño, ahora más amplio desde que murió mamá, y más solitario también.  Después de entrar comenzó a reunir toda la ropa sucia rebosante en muchos rincones de la casa, en una cesta casi azul, descolorida por los años de uso. Pretendía ir a la lavandería, más de dos semanas desde la última vez que llevara algo a lavar.

La puerta estaba abierta, para su satisfacción nadie aguardaba por su ropa, introdujo la suya en la lavadora, luego las monedas y escogió la opción de lavado a temperatura templada. Se dispuso a esperar. Estando allí sentada, frente a la lavadora, la humedad fue envolviéndola poco a poco hasta notar una gota de sudor que se desprendió desde su frente, rodando por el puente de su nariz, allí en la punta ella detuvo el recorrido, deshaciéndola con una palma.  Entonces recordó que era verano, un vapor profundo primaba en aquella instancia. Exploró con la mirada en busca de la causa, nunca antes experimentó calor allí. Detectó el aire acondicionado justo encima de ella, detrás de los asientos y de frente a las máquinas. Supuso no hacía ruido, nunca tuvo conciencia de su presencia allí pese a disfrutar el clima fresco del lugar en los diez años de someter su ropa al aseo en aquella lavandería. Dicho equipo aparentemente no estaba funcionando, estaba alto, justo al límite del techo y no había medios de control a su alrededor, supuso funcionaba en automático, con horario establecido. Tendría que preguntar al presidente de la comunidad.  Sacó el móvil de las tetas y tomó una foto a la etiqueta en un costado donde hubiera un número de teléfono y un letrero: Calefacción y Aire Acondicionado Toshiba, atención al cliente, junto a un logotipo corporativo. La ropa estuvo lavada, era tiempo de secarla, prefirió no hacerlo en la máquina, pensó en el tendedor, renuente a tolerar un minuto más en el local sin ventanas y de puerta estrecha. Salió insultada hasta su piso, entrando colocó la cesta a la derecha, volvió a tomar el teléfono, anduvo hasta el balconcillo, fresco por la brisa norteña típica en esta época del año.

– Calefacción y Aire Acondicionado Toshiba, ¿cómo lo podríamos ayudar? -Respondió un hombre.

-Sucede que vengo de la lavandería en el bajo de mi edificio, donde hay un calor letal-arrastró la “L” – porque, aparentemente, el aire acondicionado no funciona, tengo el número de serie o algo así. ¿Cuándo vendrían a  revisarlo?

– Será tan pronto nos sea posible señorita, puede que mañana  a primera hora.

– Si es lo más rápido que pueden acudir.- se conformó haciendo semicírculos con los ojos.

-¿Me deja su nombre y la dirección del local por favor?

-Avenida  Máximo Esteban. 24 bajo. Móstoles.  Loraine Fernández quien le habla.

-Muchas gracias por el reporte – Se despidió el operador con tono cordial.

Estuvo un rato más asomada con los codos sobre la baranda polvorienta, disfrutando el fresco, el silencio de la tarde era abrumador. Acudieron los reclamos de su hermana a pensamiento. Estaba tan harta de sus regaños, temía que de algún modo tuviese razón. Asqueaba de claro el amor que la gorda le tenía, nunca la olvidó para darse por completo a las caricias de su vida perfecta. Hubo de ayudarla desde siempre; daba igual así fueran préstamos, buscar empleos, novios o caprichos. La visitaba mucho. Mariela era la única persona para ella. Igual, este tema de las consecuencias de sus actos eran un caldo denso que Mari revolvía una y otra vez.  En ese instante, no recordaba obrar de mala gana, o joder a alguien; -talvez faltó una pizca de planificación en los pocos proyectos de vida que amasé, es cierto -pensaba con un suspiro y ascenso descenso de cejas. Del otro lado el tópico pareja: -Los hombres serios no existen, o al menos no en este país. ¡Serios, como los protas de mis novelas, seguro que no-dijo en voz alta y se estiró de súbito al escucharse a sí misma. Estas conclusiones, mantita tibia que guarecían de vascular en nuevos retos y responsabilidades, enterraban más profundo su capacidad de discernir.

Loraine miró el reloj, atardecía, estaba a punto de iniciar la concatenación de telenovelas nocturnas. Se sentó en el sofá con un paquete de patatas fritas, el último, ya era tiempo de ir por compras.

2

 El sol se adentraba por la ventana que Loraine no cuidó cerrar en la noche, se oponía cubriéndose la cara con la manta, no estaba lista para levantarse. La pereza la envolvía, pero la luz perseverante se lo impediría. La obligó a incorporarse después de una hora de intentos malogrados por retomar el sueño. Se cepilló los dientes y se acotejó el cabello en un bulto, no cambió su vestido siendo el mismo que llevara desde media tarde del día anterior. Al pasar al salón vio la cesta de ropa reposando a la derecha de la puerta y entonces recordó que hubo de dejarla allí. Anduvo a tomarla y dirigirse a la terraza, pero allí comprendió el tedio que significaba tenderla, entonces decidió bajar nuevamente a la lavandería. Sería más fácil que la máquina se encargara, además, ya el aire acondicionado debía estar reparado.

-¡Loraine!

Se detuvo justo en la entrada de la lavandería al escuchar su nombre. Al voltearse estaba un mozo, con un overol naranja que llevara el mismo emblema en la etiqueta adherida al aire acondicionado, la que contenía el número al cual llamara el día antes.

-Hola, ¿acaso lo conozco?

– Pues como olvidas tan rápido a tus compañeros del instituto.

Caminó hasta el individuo, entonces fue que entendió que hubo de reflejarse antes en aquellos ojos negros.

-¡Por dios! eres Carlos, pe… pero cómo es posible –La sorpresa de Loraine era manifiesta. – ¡ No luces como tú !

El delgaducho que se sentaba en el pupitre cojo y la acosaba en la clase con notas ridículas en fragmentos de papel que nunca despertaron su interés, ahora parecía un stripper musculoso con voz varonil y actitud encantadora. Quedó boquiabierta con la mirada prendida de la abertura en su overol, justo sobre el pecho, en la velluda convergencia de dos pectorales prominentes, como perro mira a hueso fresco.

–  La vida es un reguilete no pensé volverte a ver, y… -hizo una pausa inhalando profundamente- no sé, ahora te encuentro…

Su voz atraía toda la atención de ella, quien se fue ruborizando, lamentó no arreglarse un poco antes de bajar -Ha sido un gusto encontrarte, espero volvamos a vernos- se volteó alejándose rápido para escabullirse en su portal, huía avergonzada de su aspecto.

-Pero ¿venías a lavar o algo así?- insistió él en un grito que ella logró escuchar con un pie ya dentro.

-Pues pasaré más tarde, no tengo premura.-la escucho Carlos responder ya sin verla.

En su ascenso por la escalera sentía un vapor que la tomaba, puro fuego y un tanto de agitación, no podía dejar de preguntarse como el sapo del instituto pudo convertirse en semejante príncipe -tan buenorro- se decía, no tenía control de sus pensamientos. Intentaba ver más allá de aquel overol, forzando su imaginación. -Tan cordial, parecía feliz de reencontrarme- continuaba hablándose. Entró a su piso automatizada, nuevamente con la cesta de ropa que coloco a la derecha de la puerta. Anduvo  hasta el espejo sobre su cómoda liberándose el cabello, se pasó los dedos por las mejillas, se acarició la nuca y se acomodó el escote del vestido. Luego corrió al balcón y pudo ver como se marchaba una furgoneta blanca con el logo del aire acondicionado y de su excompañero. Entró desanimada, concluyendo que se alejaba una oportunidad inmejorable de disfrute; talvez de más, de vivir con alguien de otro sexo por primera vez, de tener hijos hermosos y en cama a un hombre como los que fabrican las telenovelas que tanto consumía. Regresó al cuarto y frente al espejo se deshizo de su ropa. Se agarró las tetas -no son las mismas, pero tampoco están críticas- se consolaba. Sentada en el borde de la cama anduvo asombrada por sus muslos, detallando la emergencia de trayectos venosos, nunca descubiertos. Pinzó en sus dedos los pliegues del abdomen, inspirando erguida para ocultarlos, luego expiró vencida. Transcurrieron horas de probarse vestidos, bañadores, zapatos y sombreros para quedar rendida al sueño en la reproducción imaginaria de la expresión babeante de su hermana cuando la visitara en compañía de Carlos.

continúa…

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