“Lo que la vida necesita” (Segunda parte).

                    Primera Parte disponible en este enlace.

                                          3           

Despertó en la tarde. Se dedicó a quehaceres pendientes y ordenó una pizza, sería su cena. Los minutos se escurrían y no dejaba de pensar en el encuentro formulado en la mañana del día siguiente. Estaba desesperada y hambrienta. Entonces, como un destello que partía de su frente figuró a Carlos como nítido holograma frente a sí al abrir la puerta. Con la pizza escarlata por la salsa, desprendiendo una columna de humo que se bifurcaba en el mentón moreno, como un busto griego de brazos robustos y sinuosos como troncos. Abrió esperanzada. Un adolescente con gafas le entregó la pizza, ella le pagó y cerró de inmediato, dejó la caja sobre la mesa. Ya estaba por empezar su telenovela. Había perdido el apetito.

Las escenas transcurrían envolventes, típico melodrama predecible. Pero ni el esfuerzo desesperado de los guionistas por audiencia, el repintado encanto de los artistas o el drama exagerado contenido en cada diálogo atrapaban su atención.  Sólo pensaba en Carlos. Y sin saber, supo que hacer.

Encendió su laptop, ya en google escribió: Causas más probable de avería en aires acondicionados. Muchas referencias le adelantó el navegador, escudriñaba con la vista buscando coincidencias con el modelo en la lavandería. Era éste, supuso. Split system -Afuera del recinto, bajo el toldo, hay otro armatoste- se dijo. En éste laboraba un señor con vestimenta similar a Carlos según recordaba; algo mayor, cual se les quedase viendo durante la breve chala en la puerta.

la causa más probable de mal funcionamiento responde a fuga del gas refrigerante por los puntos de conexión de las tuberías de cobre. El cobre cede fácilmente y suele quebrarse por la manipulación, su flexibilidad facilitar la instalación y es óptimo por su anti corrosión para exteriores”. Pensó en auxiliarse con la llave ajustable de componer la cocina de gas cuando le sustituyo el depósito.

Bajó a carrera por las escaleras. Anocheciendo, nadie asomaba en los alrededores. El local estaba abierto aún, miró la hora en su móvil, faltaban 40 minutos para que el presidente de la comunidad de vecinos cerrara la lavandería; recorrió con la vista nuevamente el panorama para descartar espectadores, entonces entró y salió con una de las sillas de aluminio del local, trepando en ella de un paso. Por encima de la cintura quedaba cubierta por el toldo, si alguien la veía, no tendría certeza de qué+ hacía. Ajustó la llave a la unión de una de las tuberías de cobre mate acopladas a un costado de la unidad, rotándola con firmeza hasta desprenderla por completo de su emergencia. Parte de un líquido oleoso le salpicó la cara y casi se cae de la silla. Alejando la nariz aflojó la llave, bajó, tomó el asiento y lo dejó en su lugar para entrar con premura al edificio. En el recibidor estuvo unos minutos. Sentía los latidos de su corazón como campanazos, el fluir de la sangre a su cabeza y las manos vibrando como diapasón percibiendo el estremecimiento incesante hasta en las vértebras. Respirando agitada, decidió subir. Se dejó caer en el sofá.-Hecho-dijo en tono bajo y conforme mientras se quedaba allí tendida sin pestañar pese a la eclosión de la luz de la bombilla en sus pupilas.

-Calefacción y Aire Acondicionado Toshiba, ¿cómo lo podríamos ayudar?-Respondió la voz ya conocida.

-Hola, le habla una vecina de Móstoles, quién llamara ayer por una avería en el aire acondicionado de la lavandería en los bajos de mi edificio. Resulta que el equipo aun no funciona. Me pregunto si podrían volver a revisarlo; el calor allí es insoportable – este último argumento en un tono más exigente.

-Por supuesto , si es el caso, no sería problema enviar a los técnicos a revisarlo- respondió el teleoperador en un intento, pero sin logro, de parecer agradable – Tendría que esperar a la mañana, cuando se active el servicio de atención a averías en domicilios. Déjeme la dirección por favor.

– Es Avenida  Máximo Esteban. 24 bajo. Móstoles. Estaré esperando.- insistió Loraine.

– Esperamos quede satisfecha con nuestro servicio-.

-Esperemos- agregó antes de colgar.

Solo restaba  ultimar unos detalles en espera de Carlos, unas pequeñas maniobras y se sentiría lista. Tenía la sensación, sin reparar en ello, de estar viviendo una de sus novelas, su comportamiento era mero guión censurado por un argumento predecible que cocinaba a medias luces en su cabeza.

4

El sol se elevó desplegando su manto cálido sobre las colinas madrileñas, adentrándose también por la ventana del cuarto de Loraine, pero esta vez alcanzó la cama vacía ya tendida. Ella hubo de madrugar, terminando de ordenar el salón,  dispuso de otro modo los muebles, abrió todas las cortinas y perfumó la vivienda en su totalidad. Aquel espacio se volvió acogedor, a su juicio, listo para el curso que tomaran las cosas, sea cual fuere. Ya eran más de las ocho horas, se asomaba en el balcón esperando ver estacionada la furgoneta. Fue estando dentro, haciendo mimos al espejo, que sintió el sonido de un vehículo aparcando y se asomó con premura. Efectivamente, era Toshiba. Volvió a su reflejo para acomodarse el cabello, ya vistiendo la ropa que tanto le costó escoger. Traía vaqueros ajustados y una camiseta blanca,  holgada, que dejara a medio ver el tono de un sujetador púrpura como sus labios. Agarró la cesta con la misma ropa cual permaneciera en el mismo sitio. Ahora seca, oliendo a moho, como buhardilla que no se ventila. Al asomarse al portón del bloque le saltó el pecho. Allí estaba él, bajo el toldo,aparentemente desmontando la unidad de la pared. Emboscada se halló detallando el contorno de aquellas piernas siendo lo poco que alcanzara a ver de él y a su vez suficiente, sin lograr entender, la certeza de tenía de que era Carlos. Él bajó la unidad externa del aire acondicionado, la colocó en el suelo. Llevaba una camiseta negra sin mangas, se le plegaba en la cintura la parte superior de su overol naranja.  Una sonrisa pícara e incontenible se dibujó en el rostro de Loraine al reconocer que la imagen era muy similar a la que surcó su mente el día antes, a punto de recibir la pizza que ordenó. Su ex compañero anduvo hasta ella sacudiéndose la camiseta con las manos, ahora estampada en el pecho por un polvo grisáceo proveniente del equipo.

-Hola, que bueno es encontrarte nuevamente.-La palabras emergían entre dientes particularmente organizados- ¿ frecuentas tanto así la lavandería?

-Siempre que tenga ropa húmeda, claro.-Se esmeró por parecer imparcial pero ante su misma respuesta su cara se inundó de rojo en un instante.

-Sigues siendo la misma del instituto- Afirmó Carlos señalándola con el dedo.

-Algún cambio habré tenido, ya sabes, los años no perdonan.

-No, me refería a la capacidad de respuesta rápida, justo antes de  que termine la pregunta, poco han podido hacer los años contra eso.

Ambos se echaron a reír, ella se llevaba la mano a la boca mientras él lo hacía a carcajadas cómodamente. De repente Loraine bajó la cabeza; se sintió estúpida.

-Sí que sigues hermosa, como antes.

A ella se le escapó un suspiro de esperanza, sus ojos se relajaron lanzando una mirada tierna a los de él, aquel era el primer naipe en caer de una sucesión resultante en absoluta flaqueza. Carlos no dejaba de sonreír, acrecentando el embrujo.

– ¿ Pues esto es lo que haces, reparar aires acondicionados?

-Es lo que pretendo, acabo de pasar el curso, ahora en período de prueba, según como resulte consigo la categoría. Sabes, está difícil el tema laboral- hizo un gesto de conformidad- Esto me gusta, espero poder ejercer.

– Si te gusta verás que lo logras.

-¿y tú a qué te has dedicado?

-Ahora estoy desempleada- se esforzó en hacerlo parecer reciente- viviendo de dos pisos de alquiler que tengo un poco mas centro, los heredé de mamá, no me motivo a trabajar por el momento- Hizo una pausa bajando la mirada por dos segundos y continuó- no en cualquier cosa. Hay otros cosas que apremian de momento.

-La vida es constante cambio- El revolvía la suela de su bota derecha en el pavimento, repetidamente, pendulando la pierna. Tenía una mano en cada bolsillo de las caderas.

-Es cierto, pero quiero un giro de ciento ochenta  grados, ¿sabes lo que te digo?- su interrogante era pura intención.

– Supongo que sí.-Respondió siendo ahora él quién se sonrojara.

– ¿ Loraine?-Se escuchó el nombre en un tono grave a corta distancia. Ella giró la cabeza confirmando su sospecha, Mari se acercaba. Sus ojos marrones se ensombrecieron como tarde de invierno, era un instante en riesgo.

-Carlos discúlpame un minuto, ya regreso. Fue hasta su hermana que la miraba de modo picaresco.

-¿Y ese quién es ese que no me has contado?.

-Es un amigo del instituto, acabo de reencontrarlo, pero, ¿tú que haces por acá?

-Ando en captura de clientes por aquí cerca y decidí pasar – Mariela pasaba cada semana aunque no hubiese un motivo en especial, estar al pendiente de su hermana era algo prioritario.

-Loraine ya me voy- Interrumpió  Carlos con la bolsa de herramientas al hombro- era una tontería que ya mi compañero arregló. Ya no tengo más por acá, así que… -vaciló un momento bajando y subiendo la mirada, contoneándose sobre su eje. -Hasta otro día!- Vaciló antes de arrimarse dejándole un beso en cada mejilla. Ella estuvo inmóvil, sin emitir palabra. Lo vio subirse a la furgoneta y alejarse por la avenida hasta que no divisaba el vehículo a lo lejos, con los ojos húmedos.

-Sí que te interesa el hombre ¿o me equivoco? -Mari asentaba con la cabeza y los ojos entreabiertos-Me alegro tanto de que estés interesada en algo más que en esas novelas de mierda, ya es tiempo de que tenga un cuñado, ¡uno en serio ok!

-Pero que momento que eliges para llegar- Casi llorando, no pudo contener el reproche.

-No lo elegí, sucedió sin más, ¿o es que crees que de haber sabido los interrumpiría?

-Lo peor es que no sé cómo contactarlo otra vez.

-Debe haber algún modo.

-Solo sé donde trabaja.

-Pues podría llamarlo al trabajo, ese es el modo.-Mariela parecía más desesperada que Loraine por encontrar una alternativa.

-No sé- dudó- no quiero parecer desesperada- Estaba un poco confundida con el curso reciente de las cosas. Se preguntaba si alimentó expectativas sin un fundamento objetivo e innegable. El tema Carlos le dejaba un sinsabor siendo cierto que no la abandonaba una optimismo fresco cual suplantaba su típica actitud apática ante los acontecimientos. Se identificaba en medio de un proceso sin desenlace, a sabiendas de donde encontrar otra oportunidad de cruzarse a su ex compañero.

-En verdad ya sé que hacer, ha funcionado antes, espero esta vez no te aparezcas.- Advirtió a su hermana que la miraba preocupada.

-Vale,  desde hoy llamo antes de pasar. Pero recuerda lo que tanto te repito,  sé prudente, sopesa las consecuencias antes de actuar.

-Sí, ya sé, es lo mínimo que la vida exige de nosotros.- aclaró jaraneando.

-Menos mal que lo sabes, así estoy más tranquila.

-No me gusta tu actitud omnipotente, ¡que he sobrevivido sola desde que mamá murió!, sé lo que hago.- regañó con suavidad a su hermana. Ésta se sonrió.

-Sabes que todo es porque te quiero.

Se despidieron en la misma calle. Mariela se conformaba con verla a la cara y saber que estaba bien, o al menos que estaba; muchas era las cosas que no podría cambiar, pero desde hacía mucho necesitaba estar al tanto para poder dormir en paz. Loraine regresó a su piso, dejando al entrar, la cesta de ropa en el sitio que se hizo hábito. Sentada en el sofá reparaba en todo, transcurrió mucho hasta que su apartamento tuviese un aspecto pulcro nuevamente; tanto como ha trascurrido desde otras muchas cosas. Fue hasta el espejo. Notó un brillo diferente en sí, en sus propios rasgos. Se deshizo de la ropa y entró al baño, se introdujo en la bañera luego de abrir el grifo ajustando la temperatura a gusto, tendiéndose en su interior dejando reposar la cabeza para disfrutar la caricia del agua. Quedó sorprendida al reconocerse reparando en detalles como la textura del agua y el contorno que trazaba en ella distorsionando lo que había de sí misma sumergida, la oscilación de los vellos de los brazos como pequeños filamentos, extendidos, tal como tentáculos de medusa. Una sensación desconocida la colmó, un rubor la recorría, su percepción era mayor, más fina, exquisita.  Temió no haber estado viva hasta ese instante. Se sentía tan feliz como frustrada. No concretar esta nueva idealización sentimental sumado al temor de no experimentar las sensaciones que invocaba nuevamente, le provocaba una ansiedad irremediable. Tendría que solucionarlo, pero sería después. Solo estaba dispuesta, en aquel minuto, a disfrutar de su baño.

Después de una larga estadía en la tina solo quería dormir, darse a la calidez de sus sábanas. Atravesó el salón sin mirar a la tele o al reloj. Por primera vez en muchos años, no malgastaría su tiempo con los melodramas carcelarios que la encerraban en la noches.

Amaneció y el sol la alcanzó en la cama, pero ya despierta, semidesnuda y aferrada a la almohada. Negada a su previa existencia, sin encontrar una vía concreta para transformarla, al menos no de inmediato.  Esperaba la misma vida, en su curso, le mostrara el rumbo o la dotara repentinamente de mayor entendimiento. Se sabía dispuesta, pero desorientada. No quería despertar sola, aspiraba escapar de aquellas cuatro paredes, tal vez mudarse o encontrar un motivo para dejar su sombrío apartamento. Le ilusionaba las nuevas personas y lugares, viajar o lo que fuere. Entonces volvía Carlos y toda esta nueva historia a su pensamiento; figuraba cierto interés en la mirada de él cuando le hablara. ¿Estaría soltero? ¿Querría construir una familia? ¿Dónde vivirá? Un sinfín de interrogantes que saldar. Se tiró de la cama, abrió el armario y se puso el primer vestido que encontró con unas sandalias sucias que tenía junto a su mesa de noche. Bajó las escaleras y salió hasta la lavandería. Una señora aguardaba por su ropa, Loraine prefirió esperar. El tiempo no transcurría, estaba impaciente. Era el secado más largo del que supo jamás -peor si fuera un lavado-se consoló Era incapaz de aguardar más de lo que calculó le tomara a la señora concluir. La observó retirarse con su cesta de ropa, ya Loraine estaba sola en la lavandería. Trajo una silla hasta la entrada, subió en ella y tiró de la tubería de cobre, le costó un tanto pero terminó por quebrarla. Se sentía casi experta en sabotaje de equipos de aire acondicionado, esperaba fuera la última vez que tuviera que recurrir a este recurso. Limpió con sus manos el asiento donde pusiera los pies luego de dejarlo en su lugar, cuidaba de borrar la más mínima evidencia de sus acciones. Salió, casi corriendo hasta su casa, con intención de llamar.

-Calefacción y Aire Acondicionado Toshiba, ¿cómo lo podríamos ayudar?- Esta vez otra voz, femenina.

-Resulta que el aire acondicionado de la lavandería a los bajos de mi edificio no funciona, le importaría enviar a alguien para que lo revise.

– Es nuestra obligación-dijo cordialmente la voz al otro lado de la línea- Me deja la dirección por favor.

– Es Avenida  Máximo Esteban. 24 bajo. Móstoles.

-Disculpe, es la tercera vez que reportan una avería en el mismo sitio, ¿estoy en lo cierto?- Se apuró en precisar la operadora.

– Si, parece que tendrán sustituir el equipo o algo así- sugirió Loraine.

– Ya nos encargaremos, gracias por el reporte.

-No es molestia. Una pregunta- Se apresuró antes de que la operadora colgara.

-Sí, dígame.

– ¿Cuándo vendrían a revisar?

-Entre las dieciséis y dieciocho horas.

-Gracias- Loraine emitió una sonrisa, era un corto margen de espera que le aseguraría una mejor preparación.

-De nada, ha sido un placer atenderla.

Estaba realmente feliz, vería a Carlos en unas horas. Salió al supermercado que está dentro del vecindario. Regresó con muchas compras, pretendía preparar algo fuera de lo común, estaba decidida a invitar a su amigo a cenar. Compuso unos platillos italianos, de los pocos que supiese preparar. Colocó unas velas en la mesa para encenderlas en el momento justo. En poco estaba en la bañera depilándose las piernas, cuando llegó a la raíz del muslo se sonrió, un pensamiento atrevido surcaba su mente, entonces se depiló además el pubis. Se secó despacio frente al espejo reparando en la suavidad de la toalla. Se puso la ropa interior que hubo de escoger un rato antes y se cepilló el cabello. Se sentó en la sala, de frente al reloj, con la tele apagada. Vestía de beige, con un escote amplio y las piernas descubiertas, el cabello suelto y un maquillaje discreto pero esmerado. Tenía una apariencia sensual con un matiz de inocencia, todo un reflejo de como se sintiera. Pensaba en Carlos, pero el modo de pensarlo hubo de transformarse poco a poco. Ya no reparaba en su estatura, sus músculos o su olor; ahora se embebía de su sonrisa, sus palabras, su saludo y el respeto con el que la tratase. Se supo envuelta en un sentimiento más espiritual, apenas carnal. Reconoció la originalidad de aquel estado, como si de amor se tratase, tejió una historia alrededor de los dos. Estaba ansiosa por contar a su hermana cada detalle, pero esperaría algo concreto.

Percibió el sonido de la furgoneta aparcando,fue al balcón a asegurarse, eran las diecisiete horas, la operadora no se equivocó.  Recurrió al espejo y se miró. Sabiéndose guapa se dijo en voz alta- Adelante, a luchar por lo que quieres, por lo que necesitas. -hasta su voz sonaba mejor, como melodiosa. Ya en la puerta agarró la cesta azul, que aún contenía la misma ropa.

Bajó las escaleras a paso liviano, cuidando de no virarse el pie o quebrar un tacón, no toleraría inconvenientes, se sostuvo de las barandas. Llegó al portón, puso la cesta en el suelo, pretendía no arrugar su vestido al colocársela debajo del brazo como acostumbrase a hacer. Ya abierto, tomó la cesta nuevamente y el portón se cerró a sus espaldas. Efectivamente la furgoneta estaba aparcada frente de la lavandería, nadie estaba afuera. La puerta del recinto abierta, calzada con una herramienta. Justo antes de entrar respiró profundo y corrigió su postura. Entonces entró.

La cesta se deshizo en el suelo al descender de sus manos. La ropa conservó su molde, en la misma posición que se secase a lo largo de los días sin desprenderse del fondo plástico quebrado a los pies de Loraine. El técnico responsable de la inspección del equipo se sobresaltó al caer la cesta y se dio la vuelta. Era el señor que viniese con Carlos en ocasión previa, esta vez sólo. Caminó hasta ella y la tomó de las manos.

-¿Le sucede algo señorita? Ella estuvo unos segundos en silencio, con aspecto inexpresivo mientras el técnico la mirara en espera de una respuesta.

-Disculpe, es…-inhaló a fondo- es que se me resbaló.

-No se preocupe, le ayudo a recoger de vuelta su ropa.-dijo el señor agachándose de inmediato, tomando el rígido tumulto y colocándolo en uno de los asientos.

Ya un poco más en sí, pero con los ojos húmedos y evidente esfuerzo por disimular su impaciencia, Loraine preguntó:

-¿No hay un joven trabajando con usted? creo que Carlos es su nombre, si mal no recuerdo.

-¡Ah! Carlitos, ¿buen mozo el chico verdad? Sucede que no clasificó para el empleo, no sé si sabría, estaba en período de prueba. Fue quién reparara este aire, conmigo, las dos veces anteriores, pero resulta que es la primera vez que reportan tres averías consecutivas en uno de nuestros equipos en tan poco tiempo, mala suerte-abrió las manos en un gesto de conformidad- Para mí trabaja bien, ya usted verá, los jefes creen en resultados, no basta el criterio de un empleado viejo como yo.

Dos lágrimas se desprendieron en sentido paralelo, teñidas del negro que cubría las pestañas largas de Loraine. Atravesaron sus mejillas, rodearon su boca y confluyeron en el mentón para precipitar y teñir el pulcro beige de su vestido. Lágrimas que resultaron del sabor amargo en que la vida le trajera el significado de las palabras de su hermana.

Narración Relato

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