Alguien depreda.

             (Foto de Esteban López)                         

¡Oh dios no, es muy pequeña! -gemía apresurada escaleras abajo. ¡Perro endemoniado! gritó rabiosa. El pecho apretado y las piernas basculantes. Iron no estaba visible, la niña tampoco. Junto a la mesa la muñeca de Elly desmembrada, la cabecita era un añico de goma por las mordeduras. El tirón esternón adentro fue incontenible.

Entró en la cocina apenas sosteniéndose. Ni rastros. Se recostó al armario de víveres. Sus chanclas chapotearon, bajó la vista, un calambre le colmó el espinazo. Entre sus pies emergía una oleada de sangre que arrastraba pelos por el margen de la puerta, la correa del rottweiler flotaba en ella. Incorporó la vista levantando la cabeza, suscitó un chirrisco de dientes contrayendo la mandíbula para sacudirse toda finalmente en un temblor excesivo, de pánico. Justo en frente estaba Elly, en pie, sin ropa y con la mirada pérdida; con el pálido cuerpecillo moteado por salpicaduras y sus frescos labios teñidos por el néctar rojo que escapaba en parte de las comisuras, precipitando desde el diminuto mentón.

Narración Relato

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