Opinión

El mal hábito de no escuchar.

Y como otras tantas cosas que vamos incorporando, de las que no somos conscientes, asimilándonos menos a la par que el resto mejor nos conoce, está esta: el hábito de no escuchar. Dedicamos maravillosas horas de vida, continuamente, a formación de relevancia variable para la supervivencia; al abusado constructo crecimiento personal. Buscamos un vídeo en youtube para una manualidad, googleamos una palabra, leemos un texto en redes sociales o nos jodemos un montón de años de carrera para acreditarnos en una profesión. Pero, a los detalles potencialmente útiles de la vida, que constituyen una clase magistral continua, les vamos restando atención. Estamos viviendo álgido tiempo de obviar las cosas simples, las que alimentan el sentido común. Entre estas, no escuchar, en la vertiente mas abarcadora de esta no acción. Incluyendo, claro, desistir de la interiorización e incorporación del concluso, o no, veredicto a nuestro pensamiento renovable mediante la escucha.

Y así, como idólatras modernistas al corriente de las singularidades de nuestro tiempo, que no son más que demandas banales de esta vida pasajera, vamos por el mundo con el ego revuelto por creernos conocedores y la moral tocada por no lograr posicionarnos donde pretendemos. La culpa de la apercepción objetiva de los fenómenos, que nos rezaga en nuestro medio, es entre otras no acciones, de no escuchar. Lo dicho, con aberrante manifestación, en las siguientes circunstancias:

La escucha de las críticas:

Nuestra victimización creciente como vulnerabilidad adquirida en la Era de la expresión múltiple, nos expone a posicionarnos en defensa ante las críticas. En muchos casos, cuando alguien dispone su tiempo y pensamiento a elaborar y comunicarnos una crítica, nos abofetea con un ofrecimiento provechoso. Deberíamos asumir que esa perspectiva podría hacernos mejorar; o como mínimo, podríamos emplearla como metadato en nuestro aprendizaje vital continuo.

De cara a las explicaciones de nuestro medio:

Sucede cuando alguien nos habla de un tema que desconocemos y entonces subestimamos su explicación, perdiendo un momento de oro para saldar una duda antigua o para blindarnos con el simple ejercicio de la escucha. El otro expone, nosotros fingimos atender con gestos de asiento mientras divagamos en pensamientos polisones. Perdemos un mundo al no escuchar lo que el conocimiento ajeno ofrece, por la idiotez creciente que nos impone la no prioridad del aquí y el ahora; así como por la falsa excusa de creernos seguros para protegernos de nuestros propios demonios.

En nuestra percepción global:

Al respecto y desde un enfoque más básico y generalista, nuestra percepción está mediada por los sentidos. De modo, que el no entrenamiento de un determinado sentido, el no aprovechamiento consecuente de este o lo que sería el desenfoque en los detalles; podría tergiversar, o al menos alejarnos mas de una realidad objetiva. Así será, por muy defendido que sea el planteamiento clásico de que la realidad es individual. La escucha y otros sentidos están retroalimentados negativamente, por la prostitución de la percepción que induce la imposición social de preceptos.

En las relaciones:

¿Cuán poco es el crecimiento de una relación donde no exista una escucha mutua? pues muy poco me arriesgaría a apostar; más arriesgando a la inclusión en la razón de la escucha, del lenguaje extraverbal. Relacionarse sin escuchar es como aprender a leer siendo ciego, empresa posible pero no siendo discutible que a quienes carecen del bien de la visión, les costará más llegar a dominar la lectura. Para ello tendrán que sobreponerse y aplicar vías alternativas en la búsqueda de un mismo fin que otros tienen más cerca de sus palmas sin el mismo esfuerzo. Siendo así, mejor escuchar que construir relaciones por el camino angosto. El no escuchar nos hace propenso a la soledad, nos aleja de la aceptación tan deseada por todos con motivo especial en la incomprensión de las necesidades ajenas.

En la vida, social, en el trabajo:


La escucha imparcial, algo difícil de conseguir, favorece la incorporación de nuevos conocimientos y perspectiva. Es la llave al descubrimiento. Aplicando el filtro de nuestras emociones, la tozudez del sabiondo, intentando ajustar el discurso ajeno en los cajones de nuestro saber, el etiquetado condicionado y la afirmación por encima del cuestionamiento; nos conduce por un camino circular, sobre-recorriendo lo adquirido sin ofrecernos a la expansión de nuestra mente y persona. Profesionalmente, si trabajamos respondiendo a las demandas de otros, debemos equilibrar la búsqueda de soluciones que ofrece nuestro análisis y conocimientos, con el aporte que puede ofrecer ese otro nuestro crecimiento en la profesión que desarrollamos.

Entonces…

¡A despojarse del hábito de no escuchar!

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